jueves, 12 de julio de 2018

Protestas Sociales y rebeliones contra el orden establecido: una mirada sobre el pasado colonial de Jujuy, Argentina



Alicia A. Fernández Distel (2016)
Algunos datos a tener en cuenta 
En el Alto Perú, o sea en los actuales estados andinos de Perú y Bolivia, área circundante del Lago Titicaca, pleno Altiplano sudamericano, las rebeliones  contra la opresión del español se agrupan en dos momentos: el primero cercano al descubrimiento y conquista por parte de los europeos  entre 1536 y 1572, el segundo  doscientos años después   entre los años 1770 y 1790.
En el primer momento resalta la figura de Tupac Amaru (o 1ª), auténtico Inca decapitado por los españoles. En el segundo sobresale la figura del cacique José Gabriel Condorcanqui (Tupac Amaru 2ª). También la de otro rebelde: Tupac Catari con su cerco a la ciudad de La Paz (1781-82). Ver mapa adjunto extraído de Bidondo, 1989.
Avanzando hacia el Sur, hacia los límites del dominio español, los testimonios sobre levantamientos se esfuman, al intervenir etnias extra-andinas no incluidas en el área más oprimida por el sistema colonizador.
Los Incas, respecto al primer grupo de protestas, ya tenían su experiencia, del momento que entre los años 1450 y 1480 venían de reprimir ellos, y en cierta manera replegarse, el avance chiriguano (guaraníes) desde el Oriente.
En los Archivos Históricos de nuestras provincias y en el de Indias de Sevilla (España), pueden consultarse documentos del último periodo colonial que se explayan sobre el segundo grupo de insurrecciones, aludiendo a Tupac Amaru (2ª). Respecto al primer grupo de protestas quedan también documentos, aunque prima la historia oral. En este marco, sobresale en la oralidad de Jujuy el tema del “rescate en oro” solicitado desde Perú, para salvar al Inca.
Otro grupo de leyendas entran en el plano del mesianismo al proclamar el regreso del Inca, en la figura de Incarrí o Inca Rey.
Casi todos los historiadores de las repúblicas andinas nacidas luego de la expulsión de los españoles coinciden en señalar que el levantamiento de José Condorcanqui es un antecedente de sus “Independencias”. Sobre todo por integrar a esclavos, criollos, mestizos, españoles librepensadores (Valcarcel sin año).
Como antecedente libertario, el movimiento de Tupac Amaru 2 significó un alerta a la capital del Virreinato del Río de La Plata, que mandó tropas pacificadoras desde Buenos Aires al Alto Perú.
Alzamiento de Tupac Amaru 2 en Jujuy
Dice Boneslao Lewin, autor del libro “La insurrección de Tupac Amaru”, que la noticia de la existencia de un conato de rebelión allá en Cuzco (Perú) había llegado a Jujuy y Salta con rapidez. Había una cierta fascinación por la figura del “Inca rebelde” (Condorcanqui- Tupac Amaru 2ª). Indios y plebe deseaban actuar en concordancia con lo que sucedía allá lejos y se aglutinaron en torno a la figura de José Quiroga. No se sabe si era precisamente un toba o un mestizo, pero actuaba como traductor del idioma toba allá en la Misión de San Ignacio de Los Tobas, hoy zona de Ledesma.
Aprovechando sus relaciones con distintas etnías chaqueñas, pues además de interprete había sido soldado en varios Fuertes españoles de la región, Quiroga, en el otoño de 1781 intenta organizar una toma de la ciudad de San Salvador de Velazco (Jujuy). Si bien apoderarse de la ciudad les fue imposible, por distintos pasos en falso y delación de las tácticas, sí les fue factible    atacar el Fuerte del Río Negro (conocido también como Chalicán).
Trascendieron nombres de cabecillas de Quiroga, como ser Gregorio Suárez y Basilio Erazo. Hoy se reconocen como próceres a sus represores: Gregorio Zegada como el militar actuante, José de la Cuadra como Alcalde del Cabildo Jujeño, Andrés Mestre como Gobernador de Tucumán.
En la Puna también hubo repercusiones que fueron más conmovedoras, del momento que aquí es el elemento poblacional coya, con su mentado caracter hermético y pasivo, quien se sensibilizó con las noticias que llegaban desde el Alto Perú.
Rinconada, Cochinoca, Santa Catalina, Casabindo fueron lugares con alzamientos propios como el del gobernador indio de Rinconada Manuel Caraguara quien avanzó con un ejército propio hasta la capital de Jujuy; y libró batalla el 28 de junio de 1781.
Para el mes siguiente cuenta una rebelión en la zona productiva (o de Valles de Jujuy) donde intervienen tobas, sin quedar aclarado si se inscribe en un ataque concertado con todo lo anterior.
La Ciudad de San Salvador de Velazco en el Valle de Jujuy, en mérito a la formidable represión y cruento castigo a los rebeldes recibió el título otorgado por el Rey de España Carlos III de “Muy leal y Constante” (1785). Ello como reflejo de la distinción de “Fidelísima” que había recibido Cuzco (Perú).
Las mujeres – las banderas
Si algo hay que rescatar de la segunda insurrección en el Alto Perú es la importante intervención de esposas y “cacicas”, es decir mujeres que ejercían el cacicazgo en la sociedad aymara, profundamente matriarcal. Para lo de Jujuy, no hay datos.
Errónea es la postura de Pigna (2015) quien nos cuenta que las mujeres, entre tiempo de los encontronazos, tejían “mantas con los colores prohibidos por los españoles” y que de allí surgió la bandera multicolor cuadriculada con los tintes del arco iris que hoy se enarbola no oficialmente en toda la región.
Primero que no hay datos de que hubiera colores prohibidos por los conquistadores. Segundo, que multitud de documentos hablan de una bandera blanca (igual que su caballo) que siempre llevaba José Gabriel Condorcanqui. Fantasías aparte, sería conveniente que los responsables de aleccionar con datos históricos lo hagan convenientemente.
El cacique Condorcanqui, “Inca rebelde” o impostor, entró al ideario andino con el halo del continentalismo, al autoproclamarse “Inca y Rey del Perú, Quito, Buenos Aires y los continentes del mar del Sur, señor de Río de las Amazonas con dominio sobre el Gran Paititi”; su esposa Micaela Bastida tardó en entrar en la historia. Recién será cuando se generalicen los problemas de género finalizando el siglo XX se la reconocerá.
Sobre martirios y puniciones
El fenómeno universal y sensibilizador de multitudes que es el martirio cruento dejó su huella en el crecimiento de la figura del arrogante cacique Condorcanqui: los españoles, allá en Cuzco, lo condenaron a morir descuartizado, aunque terminó siendo ahorcado un 18 de mayo de 1781.Su familia y acólitos sufrieron parecidas afrentas.
Aunque todo se había desencadenado allí en el pueblo de Tupac Amaru 2 cuando él a su vez ahorca al Corregidos español y martiriza a quienes apoyaban el régimen. Cuenta el peruano Valcarcel, basándose en buena información que Condorcanqui pagaba a su tropa por español muerto.
Qué nos dice la historiografía del siglo XXI
Superados los espurios intereses académicos de la historia económica y social marxista, que, muy romántica ella, veía al nativo andino como un ser absolutamente armonioso y coherente con su entorno, surgieron escuelas analíticas y propensas a leer la “letra chica” en los documentos coloniales.
En este marco se inscribe Daniel Santamaría quien además se especializa en la etnohistoria. El tema de Tupac Amaru 2 no les es indiferente y tiene su opinión al respecto. El conflicto interétnico, como realidad histórica no es de minimizar, dice. Sin embargo, sostiene:
“La incorporación indígena debió enfrentar posiciones más o menos amplias, pero no estructurales y, a menudo, los desajustes en la incorporación produjeron conflictos puntuales, que una vez superados, permitieron que esa incorporación continuase” (2008:15).
En el mismo artículo se pregunta sobre si las fricciones interétnicas en los Andes configuran una onda permanente o si constituyen conflictos específicos derivados del proceso de adaptación al sistema colonial. Poniendo como salvedad que, al analizar documentos, él encuentra intencionalidad en aquellos cronistas del siglo XVIII y XIX en borrar los límites entre lo indígena, lo criollo y lo mestizo, hay que avanzar sobre el tema de la crisis final de crecimiento y prosperidad del sistema colonial. Tal vez allí haya muchas respuestas a nuestras revueltas independentistas.
Esa es la posición que tiene el movimiento tupamarista en la historia de América. Ya preanunciada en esos censos y visitas a comunidades en las que se registra una plebe multiétnica. Los sectores populares, en la América Andina del siglo XVIII, estaban integrados por gente de todas las castas y en todas sus mezclas posibles. Dice el historiador:
“Vivían en el seno de la sociedad colonial o en fronteras reconocibles, conocidas y en muchos casos controladas. Trabajaban para los productores o tenían sus propios negocios de pequeña escala. En el censo de 1778 solo la cuarta parte de la población de San Salvador de Jujuy era clasificada como española; otra cuarta parte se reputaba mestiza; un quince por ciento indígena y poco más de la tercera parte mezclas de africanos” (2008:18).
En este marco es de entenderse que miles de indígenas acriollados (la plebe de Jujuy) hayan colaborado con las autoridades virreinales para reprimir alzamientos en las yungas y en la Puna. También que hayan participado de los ejércitos creados ad hoc para reforzar la seguridad de ciudades, misiones y fuertes. Ello no obnubilaba al pueblo- la plebe- la soldadesca mezclada y el relato tupamaro iba creciendo y hoy en pleno siglo XXI tenemos repercusiones. 
Además de los autos y expedientes escritos qué hay de la iconografía
Hay distinta iconografía (arte rupestre pintado) que parecería representar las Guerras Omaguacas (1561-1594), sobre todo concentrada en pasos y quebradas a donde esta etnia se había refugiado para resistir la primera entrada del español  ( Fernández Distel 1992). Es una imaginería sintetizable en la exploración de la figura del caballo, animal nunca antes visto.
Verdaderas crónicas pintadas en las piedras donde se ilustran batallas entre hombres de a caballo y con armas de fuego e indios de a pie y con sus hondas, lanzas, picas, macanas, sólo se ven en la zona del lago Titicaca. Concretamente en el sitio WayllaPhu´ju, donde se pintó en blanco, amarillo, negro y rojo.  Se ve allí la crónica de una batalla en la que intervienen 180 personas algunas montadas y otras a pie. Se ven animales arreados, y la representación de los hombrecitos caminando en actitud de marcha y blandiendo el arma (de fuego y de las otras) es bien clara. Los trajes amarillos y rojos de los españoles no dejan dudas. Según los especialistas (Strecker 2002) es una representación de batalla en el marco de la rebelión de Tupac Catari, para la misma época de la de Tupac Amaru 2ª en Cuzco.
Es de esperar encontrar algo así en nuestra zona andina meridional, aunque, como opina Santamaría, las repercusiones de lo que acontecía en Cuzco en 1781, fueron mínimas en Jujuy.
Otro capítulo aparte y relacionado con la adaptación del hombre al sistema político hegemónico sería todo lo relacionado con Quera, en la Puna, en el siglo XIX, de lo cual tampoco hay iconografía.
                                       El panel pintado de la batalla en Waylla Phu´ju, Bolivia


Mapa tomado de Bidondo 1989, El Alto Perú, insurrección, libertad, Independencia, Buenos Aires,549 p.

Arte Rupestre en Barrancas-Abdón Castro Tolay mostrando escena de luchar y hechicería

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