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Don Manuel Posse |
El Cabildo de Tucumán, que se había pronunciado dos años atrás a favor de Buenos Aires en los sucesos de mayo de 1810,
en el mes de agosto de 1812 se encontraba ante una grave disyuntiva.
Sus miembros, en su mayoría pertenecían a la clase española, por ser
hijos o nietos de peninsulares. Los españoles en sí, conformaban un
grupo social privilegiado, nunca se habían sentido iguales a los
criollos, aunque sus hijos ya lo fueran. Se consideraban depositarios de
la tradición hispánica, señores de la tierra y tenían además pasión por
su rey .
Por todo ello, su situación era peligrosa: si las
fuerzas realistas conquistaban Tucumán, mucho tendrían que explicar de
su postura en 1810; pero si el Ejército del Norte se estancaba en la
ciudad, no tendrían más que tomar partido a riesgo de ser considerados
traidores al viejo régimen de gobierno. Sus vidas y fortunas pendían de
un hilo y se vigilaban permanentemente las actividades que desplegaban.
Así las cosas, era lógico suponer que optarían por un discreto status
quo a efectos de comprometer lo menos posible sus intereses. Lo cierto
es que, como señala la historiadora Elena Perilli de Colombres
Garmendia, Belgrano ordenó que salieran de la ciudad, en los días
previos a la batalla, aquellos españoles que pudieran ser sospechados de
espías, tal el caso del Teniente Tesorero del Cabildo Manuel Antonio
Pereyra, quién fue despachado junto a los demás europeos rumbo a
Santiago del Estero.
Cuando se supo de la cercanía del ejército
de Belgrano, el Teniente Gobernador, Francisco Ugarte solícito ofreció
a Balcarce las armas de la ciudad, mientras el resto de los cabildantes
comenzaban a empacar sus bagajes para retirarse junto a sus familias a
la vecina provincia de Santiago del Estero. El único de ellos que se
quedó y formó parte del ejército patrio fue Cayetano Aráoz, como lo
consignó el propio Belgrano .
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Doña Agueda Tejerina de Posse |
En sí, fueron pocos los realistas que tuvieron la valentía de jugarse abiertamente por su rey.
El gallego don Manuel Posse, quién era el comerciante más acaudalado
de la provincia, envió un convoy de carretas con alimentos y
bastimentos en auxilio de las tropas realistas comandadas por Pío
Tristán. Belgrano se enteró del hecho y ordenó tomar prisionero a Posse,
quién debió ser fusilado de inmediato, sin embargo fue enviado a
Córdoba, lugar de destino final del derrotado ejército patriota. Allí se
resolvería su destino, aunque la decidida actuación de su mujer, doña
Agueda Tejerina, dama patricia de gran predicamento en la ciudad, logró
dar vuelta la opinión del general. Al perdonar la vida de don Manuel,
se granjeó la simpatía de muchos, quienes valoraron ese gesto de
magnanimidad, lo que constituyó un golpe político a su favor. Así Posse
salvó su vida, aunque tuvo que pagar una cuantiosa suma para el
sostenimiento de las fuerzas criollas.
Otro importante
comerciante español, don Juan Ignacio Garmendia amigo personal de
Tristán, fue más cauto y prefirió esperar el desenlace de los hechos en
la ciudad, lo que por algún motivo se le permitió. Al punto que en la
mañana de la batalla el general realista pagó a un aguatero para que le
llevara una pipa de agua a casa de Garmendia, frente a la plaza de la
ciudad, ya que quería darse un baño caliente antes del almuerzo . Tan
seguro y ensoberbecido estaba el general realista de que Belgrano no le
haría frente en Tucumán, que no tomó mínimas prevenciones, lo que
terminaría siendo su perdición.
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Gral. Bernabé Aráoz |
En el caso de Garmendia, su mujer, doña María Elena
Alurralde, al enterarse que Tristán pretendía almorzar en su casa, según
tradición familiar exclamó: Además del baño le voy a preparar una
horca, cuya cuerda y dogal serán trenzados con los cabellos de las
tucumanas…
Posteriormente, tres de las hijas del matrimonio
Garmendia Alurralde contraerían casamiento con oficiales de Belgrano,
quién apadrinó la boda, la que se realizó en una sola ceremonia dadas
las prisas del ejército. Destaco entre ellas a doña Crisanta Garmendia,
quién casó con Jerónimo Helguera, integrante del círculo íntimo del
general.
Otro caso conocido ocurrió en el seno de la familia
Laguna Bazán. El cura Miguel Martín Laguna era un prestigioso sacerdote y
hombre público, nacido a fines del Siglo XVIII. Durante los sucesos de
mayo de 1810 fue un realista convencido, oponiéndose a la facción
criolla. En 1812 Laguna apoyó decididamente a Pío Tristán mientras se
acercaba con su ejército a Tucumán, lo que le costó quedar prisionero
por orden de Belgrano. Como muchos sacerdotes de la época, creía que los
rebeldes cultivaban filosofías anticatólicas y los combatía con
vehemencia inusitada. De manera opuesta pensaba su hermano, el Dr.
Nicolás Laguna, quien fue un patriota de la primera hora jugado a favor
de la causa independentista. Cuando ocurrieron los sucesos de Mayo,
desde el cabildo él propuso que se llamara a representantes de toda la
provincia para discutir un sistema de gobierno representativo a los
intereses generales.
Así las cosas, no existía mucho margen de
acción entre los habitantes de ese pequeño núcleo poblacional que no
llegaba a 6.000 almas. Fue por ello que el cabildo no apoyó
abiertamente a las fuerzas españolas en marcha, ya que se arriesgaban a
sufrir el escarnio público de la mayoría que se había declarado a favor
de romper vínculos con España.
Queda imaginar el nerviosismo de
aquellos tucumanos: la suerte había sido echada y sus destinos se
encontraban ligados al éxito o al fracaso de la causa, con consecuencias
probablemente dramáticas.
En sí, los partidarios de la
revolución no podían tener muchas esperanzas en ese grupo desmoralizado y
derrotado que comandaba un abogado sin experiencia militar y que las
circunstancias lo habían convertido en General. ¿Cómo podría enfrentar a
ese ejército profesional, que avanza prácticamente sin oposición desde
el Alto Perú?
El Combate de Las Piedras vino a
cambiar sustancialmente el cuadro de situación: de pronto la vanguardia
realista había sufrido una humillante derrota, demostrando que no eran
invencibles.
Seguramente ello dio esperanzas para aquellos que
temían que si Tristán alcanzaba a Belgrano en Tucumán, lo inevitable
sería una masacre, que liberaría a todos los demonios de una guerra que
ya tocaba a sus puertas.
A estas alturas, queda claro que no
fueron los cabildantes quienes fueron a conferenciar con el General
Belgrano en el camino que ya tomaba hacia Córdoba. No eran los
representantes del pueblo tucumano quienes le pidieron al general que
se quedara a dar batalla en Tucumán. Muy por el contrario, quienes
salieron al encuentro de Belgrano fueron las cabezas de la criolla
familia de los Aráoz, comerciantes, clérigos y hacendados de gran
ascendencia entre el pueblo llano de la provincia. Patrones de cientos
de hombres rudos, fogueados en las faenas del campo, quienes trabajaban
en sus fincas, especialmente en la zona de Monteros, donde tenían
grandes extensiones de tierras.
En aceptar
el desafío, desafiar la orden de Buenos Aires y dar batalla estuvo la
genialidad de Belgrano y esto marcó el destino de la patria naciente.
Mientras, muchos optaron por dejar sigilosamente la ciudad, en
Septiembre de 1812, el pueblo llano de Tucumán, animado por sus líderes
cívicos fue quién sostuvo al ejército patrio conduciéndolo a una
improbable victoria.
Tenían tan poca fe en el General Belgrano y
en el triunfo de sus armas, que con conocimiento y consentimiento de él,
el gobernador Domingo García y D. Francisco Ugarte echaron en el pozo
de sus respectivas casas una gran cantidad de plomo necesario para la
fabricación de balas, que estaba en la maestranza pero que no se pudo
llevar a Santiago del Estero, por su gran cantidad y peso. En honor a la
verdad, García se ocupó de juntar provisiones para los soldados, pero
estos sólo fueron hechos aislados . El Cabildo de Tucumán, como
institución, no tuvo injerencia alguna en la prédica patriótica que
inflamó los pechos y despertó el coraje con el cual Tucumán se convirtió
en el sepulcro de la dominación hispánica.
Fuente: José María Posse. del libro "Tucumanos en la Batalla de Tucumán". Tucumán 2012